AURA.
Me cubro con sus pantalones de deporte y la camiseta, sintiéndome vulnerable pero extrañamente protegida.
—No es necesario, Christopher —insisto, recuperando mi orgullo—. Agradezco lo que hiciste, pero David no tiene por qué quedarse. No lo puedo aceptar.
Él me mira con la misma paciencia gélida que usa con los inversionistas tercos.
—Sí, lo es, Aura. Debes estar segura. Keller sabe dónde vives, y yo no dejo cabos sueltos. David no se irá hasta que yo se lo ordene.
—De verdad, no lo neces