AURA.
Me cubro con sus pantalones de deporte y la camiseta, sintiéndome vulnerable pero extrañamente protegida.
—No es necesario, Christopher —insisto, recuperando mi orgullo—. Agradezco lo que hiciste, pero David no tiene por qué quedarse. No lo puedo aceptar.
Él me mira con la misma paciencia gélida que usa con los inversionistas tercos.
—Sí, lo es, Aura. Debes estar segura. Keller sabe dónde vives, y yo no dejo cabos sueltos. David no se irá hasta que yo se lo ordene.
—De verdad, no lo necesito. No soy una de tus propiedades —insisto, aunque mi cuerpo adolorido ruega por esa protección.
Él me toma suavemente del mentón, forzando mis ojos a encontrarse con los suyos.
—Está bien, Aura. Lo acepto. Pero escúchame bien: si sientes que algo no está bien en tu apartamento, si ves algo extraño, no dudes en comunicarte conmigo o ponerme sobre aviso de inmediato.
Lo miro, conmovida por esta muestra de cuidado brutal. La rabia con la que me defendió contrasta con el hielo de sus acciones.
—¿P