En el momento que la puerta de la biblioteca se abre, lo hace con una lentitud que llega a sentirse no solo pesada, sino casi solemne, como si incluso la madera de la puerta pudiera entender el peso de todo lo que acaba de ser confesado dentro de esa habitación, de todas las lágrimas derramadas, la amargura, las palabras dichas de todas las heridas y verdades que han quedado expuestas.
Del otro lado, Alistair, Margaret y Helena fijan su mirada en esa dirección a la espera de lo que va a pasar a