Sofía
Tres días.
Setenta y dos horas.
Cuatro mil trescientos veinte minutos.
Sí, conté. No me juzgues.
Desde aquella noche en que Alexander me desnudó sin tocarme —cuando me escupió verdades que no sabía que dolían hasta que sangraron—, no he vuelto a saber de él. No hay mensajes. No hay llamadas. No hay esa forma suya tan insoportablemente adictiva de mirarme como si pudiese leer mis pensamientos más sucios.
Silencio absoluto.
Y lo odio. Lo odio por desaparecer.
Lo odio por dejarme con una tor