Dos años después de aquella noche en el jardín, el proyecto de la Patagonia se hizo realidad. Santiago, Lucía, Ana y yo llegamos a El Calafate, donde el nuevo centro —llamado “El Último Amanecer”— se alzaba en una antigua estación ferroviaria rehabilitada, con paredes de piedra gris que contrastaban con el azul intenso del lago Argentino y los glaciares que brillaban al sol. Lucía había diseñado cada espacio con cuidado: huertos de tomillo patagónico y jazmín resistente, talleres de tallado de