Llegamos a una estructura de hormigón y cristal escondida entre los pinos. No era una casa de seguridad común; era un búnker de lujo. Al bajar, el aire frío me golpeó la cara, recordándome que estaba sola con el hombre al que acababa de intentar destruir.
Dante me guio hasta un salón minimalista con una chimenea encendida. Se sirvió un whisky sin preguntarme si quería uno y se sentó en un sofá de cuero, indicándome con un gesto que hiciera lo mismo.
—Sé quiénes son, Sasha —soltó de repente, dej