—Al suelo, Sasha. Ahora —ordenó Dante. Su voz ya no era la del ejecutivo que discutía contratos; era fría, plana, la voz de un hombre que había nacido en la guerra antes de heredar un imperio.
Un estallido ensordecedor hizo añicos el ventanal del salón. No fue una bala, fue una granada cegadora. El mundo se volvió blanco y un pitido agudo me taladró los oídos. Sentí unas manos fuertes agarrándome de la cintura y arrastrándome detrás de la sólida mesa de mármol del despacho justo cuando una ráfa