El reloj de la Catedral Metropolitana marcaba las diez de la mañana con campanadas que resonaban como golpes de mazo en el cráneo de Adrián Montenegro. Vestido con un esmoquin negro impecable, Adrián se miraba al espejo del vestidor de la sacristía. Su reflejo le devolvía la imagen de un hombre exitoso, el futuro líder de un imperio, pero él solo podía ver a un prisionero.
El mensaje en su teléfono seguía quemándole la conciencia. Beatriz no estaba jugando. Había logrado infiltrar a alguien en