El hospital a las tres de la mañana tiene un sonido particular: el zumbido de las luces fluorescentes, el roce de los zapatos de las enfermeras sobre el linóleo y el eco de los suspiros de quienes esperan un milagro que no llegará. Adrián Montenegro estaba sentado en la sala de espera, con las manos entrelazadas y la mirada perdida en sus propios zapatos, que aún conservaban pequeñas manchas secas de la sangre de Elena.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la imagen de ella colapsando en el baño