El entierro de Elena Valeriano había sido un evento privado, casi secreto. Bajo un cielo plomizo que amenazaba con una tormenta eléctrica, Adrián permaneció frente a la lápida de mármol blanco hasta que el último de los enterradores se marchó. No había flores extravagantes, solo un pequeño ramo de cerezos artificiales que él mismo había colocado; una promesa de una primavera que nunca llegaría para ella.
Regresó a la mansión Montenegro entrada la noche. El lugar, que apenas una semana antes bul