El avión aterrizó en Asunción a las tres de la tarde. El aire estaba cálido y húmedo, con el aroma de caña de azúcar y flores silvestres. Bajamos del avión y caminamos por el terminal —vi caras conocidas, personas de la alta sociedad que me miraron con sorpresa. Sabía que ya habrían oído la noticia: que Elena Márquez, la esposa que había desaparecido, había vuelto como la verdadera heredera de la familia Montenegro.
Un abogado llamado Diego, que Rubén había contratado, nos esperaba en el aeropu