El gran salón de la manada estaba decorado con estandartes de plata y ébano. Cientos de lobos, desde guerreros hasta ancianos, se habían reunido para presenciar lo que Alaric llamaba "el nuevo amanecer". En el centro, sobre un estrado elevado, brillaban dos tronos de piedra. Alaric ya estaba sentado en uno, luciendo su capa de Alfa, mientras Elara, vestida de blanco nupcial, sostenía al pequeño Leo frente a la multitud.
Yo fui conducida hacia un lateral en mi silla de ruedas. El vestido gris qu