Alaric se lanzó hacia mí con un rugido que sacudió las vigas del salón. Su transformación era parcial, pero sus garras eran letales. Yo entregué a Leo a Silas con un gesto rápido.
—Protégelo con tu vida si quieres ver a tu hija —le ordené.
No tuve tiempo de decir más. Alaric me golpeó en el hombro, lanzándome hacia atrás. Mis piernas, sostenidas por la magia de la raíz de sangre, flaquearon por un segundo, pero me obligué a mantenerme firme. El dolor de mis nervios gritando por el esfuerzo era