Los días siguientes fueron una danza de hipocresía y agonía. Alaric pasaba por mi habitación cada mañana, dándome besos en la frente que se sentían como el toque de un reptil, mientras me contaba lo "espléndida" que luciría Elara con la corona de Luna. Yo le respondía con miradas vacías y monosílabos, alimentando su creencia de que mi espíritu se había evaporado junto con mi capacidad de caminar.
Pero cuando la mansión dormía, mi verdadera vida comenzaba.
—¡Muévete, maldita sea! —le susurraba a