El doctor Silas entró en mi habitación a la hora de siempre, con el tintineo metálico de sus herramientas y ese olor a hierbas amargas que solía preceder a mi inconsciencia. Evitaba mirarme a los ojos, como si mi reflejo fuera un espejo de sus propios pecados.
—Es hora de la limpieza de las extremidades y el tónico de medianoche, Luna —murmuró con la voz temblorosa.
Se acercó para levantar la sábana y masajear mis piernas inertes, un procedimiento que Alaric le había ordenado para evitar que lo