Había pasado un año exacto desde que el nombre de Isabel Vázquez fue borrado de los registros civiles. En este tiempo, el mundo había seguido girando, olvidando el escándalo de los Blackwood para centrarse en nuevas tragedias, pero para mí, cada día era una construcción minuciosa de una paz que todavía me parecía frágil, como el cristal recién soplado.
Mi vida en Ginebra era metódica. Trabajaba como consultora anónima para organizaciones internacionales de derechos humanos, analizando flujos fi