El invierno en los Alpes suizos era radicalmente distinto al calor húmedo y opresivo de la ciudad que dejé atrás. Aquí, el aire era tan puro que dolía al respirar, un frío que purificaba en lugar de entumecer. Me instalé en una casa de piedra y madera, lejos de las miradas, bajo una nueva identidad que me permitía ser nadie.
Elena. Un nombre corto, sólido. Un nombre que no tenía pasado.
Me senté frente al ventanal, observando cómo la nieve cubría los abetos. Mis manos, aquellas que Adrián había