El despertar de Elena no fue pacífico. No fue un lento retorno a la consciencia, sino una explosión de sensaciones que amenazaba con destrozar sus nervios. Escuchaba el goteo de un grifo a tres habitaciones de distancia como si fuera un tambor; veía las partículas de polvo flotando en el aire como si fueran cristales brillantes, y podía oler… lo podía oler a él.
Alistair estaba sentado en el borde de la inmensa cama de dosel, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas. Estaba empapado en sudo