La mansión Vane se había convertido en una fortaleza sitiada. El aire pesaba, cargado con el aroma a incienso y azufre que presagiaba la llegada de los emisarios del Consejo. Elena intentaba asimilar su nueva realidad: cada paso que daba fuera de la habitación de Alistair la hacía sentir como si se sumergiera en agua helada, pero en cuanto él se acercaba, la calidez regresaba.
—Tienes que aprender a canalizar mi sangre, Elena —dijo Alistair, observándola mientras ella intentaba sostener una dag