Elena estaba perdiendo la batalla. El suelo de su cocina se sentía como una placa de hielo contra su piel febril. Su visión se había vuelto un caleidoscopio de luces plateadas y sombras que se retorcían. En su delirio, podía escuchar un eco en su cabeza: un latido potente, rítmico, que no era el suyo. Era el latido de Alistair, llamándola a través del vínculo.
—Vete de mi cabeza... —sollozó, apretando los dientes mientras una nueva oleada de dolor le recorría la columna.
De repente, el silencio