Pasado mañana, llegué a la casa de los Márquez a las ocho de la noche. Era una mansión de dos pisos con jardines grandes y un porche con farolas de bronce —yo la conocía como la mía propia, había pasado muchas navidades y cumpleaños ahí. Cuando toqué la puerta, la abrió la señora Márquez, vestida con un vestido de terciopelo negro y con una sonrisa tensa.
—Valentina, cariño! Entra, entra —me abrazó con fuerza—. Noé está en la sala, pero... Aurora también está aquí. Lo siento, lo intenté, pero é