A la mañana siguiente, me levanté con la cabeza dolida y los ojos hinchados de llorar. El teléfono estaba lleno de mensajes de amigos que me apoyaban —algunos de los que habíamos crecido con Noé, otros de la universidad—, pero también de más insultos de internet. No los leí: cogí mi bolso y me fui a la casa de Zoe.
Zoe vivía en un apartamento pequeño pero acogedor en el centro de la ciudad, con paredes de color azul cielo y fotos de nuestros viajes juntos por todo el mundo. Cuando toqué la puer