Pasaron dos semanas desde la cena de Navidad, y Noé no me habló ni una vez. Mi asistente, Camila, me dijo que lo había visto en una reunión de trabajo con su padre, pero que se había quedado callado todo el tiempo, mirando su teléfono como si esperara algo. Yo no le hice caso —tenía demasiado trabajo con el proyecto de colaboración entre nuestras empresas: estábamos a punto de presentar un plano para un complejo de viviendas con energías renovables, y no podía permitirme perder el foco por un m