El viaje hacia la mansión ancestral de la Matriarca no se hizo en coches blindados, sino en un convoy que parecía un desfile de guerra silencioso. Sol iba al mando. Alex, con la pierna vendada y apoyado en un bastón de ébano, la observaba desde el asiento trasero con una mezcla de orgullo y una punzada de miedo. La mujer que había rescatado de aquel ático ya no existía; en su lugar, había una reina de obsidiana que no necesitaba protección, sino espacio.
Llegaron a la residencia Moretti, una pr