El eco de los gritos de Elara aún vibraba en las paredes de piedra cuando los guardias cerraron las puertas del gran salón. El silencio que siguió fue denso, cargado del olor a ozono, sangre y magia quemada. Me desplomé en el suelo, mis piernas finalmente rindiéndose ante el agotamiento del hechizo de la raíz de sangre.
Silas corrió hacia mí, pero antes de que pudiera tocarme, le exigí con la mirada que me entregara a Leo.
—Dámelo —susurré, mis pulmones ardiendo.
Cuando sentí el calor de mi hij