La primera semana de mi reinado fue un desfile de sombras. La mansión de la Manada Colmillo de Plata, que antes me parecía una prisión de lujo, ahora se sentía como un cuerpo enfermo que yo debía sanar. Cada rincón olía a la traición de Alaric y al jazmín rancio de Elara.
—No quiero nada de esto —dije, señalando las cortinas de seda y los muebles recargados del gran salón—. Quemadlo todo.
Los guerreros obedecieron. En el patio central, se organizó una pira inmensa. Vi desde mi balcón, sentada e