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CAPÍTULO 3: "EL SEGUNDO DÍA"

PRIMERA PARTE: AMANECER

La primera luz se filtró entre los árboles como un pincel de oro líquido. El claro amaneció cubierto de rocío, cada hoja, cada brizna de hierba, engastada en diminutas gotas que brillaban como diamantes baratos. Las tiendas de campaña permanecían cerradas, silenciosas, como capullos de los que aún no habían nacido las mariposas.

Un pájaro cantó. Luego otro. La orquesta del amanecer.

La cremallera de una de las tiendas se abrió con un sonido áspero que rompió la paz por un instante. Asomó una cabeza de pelo revuelto, ojos aún pegados por el sueño y una sonrisa que se abrió paso antes que cualquier palabra.

Luna miró a su alrededor. El claro, el río, las tiendas, el humo aún tenue de la fogata apagada. Todo era hermoso. Todo era perfecto.

—Buen día, mundo —susurró para sí, y su voz se perdió en el rumor del viento.

Salió de la tienda con cuidado de no despertar a Marta, que aún dormía acurrucada. Sus pies descalzos sintieron el frío del rocío y saltó sobre una piedra, riendo en silencio. Por un momento, solo por un momento, fue una niña en un mundo que aún no le había mostrado sus garras.

SEGUNDA PARTE: PESCA IMPROVISADA

— ¿Y eso funciona de verdad?

La voz de Valeria llegó mezclada con el rumor del río. Estaba sentada en una roca, con los pies sumergidos en el agua cristalina, mirando a Leo con una mezcla de admiración y escepticismo.

Leo sostenía una caña de pescar improvisada: un palo recto, un hilo resistente y un gancho rústico que había fabricado con un alambre doblado. Adoptó una expresión de fingida seriedad, la de un sabio ancestral transmitiendo conocimientos milenarios.

—Esto es técnica ancestral —declaró—. Mi abuelo me enseñó. En una hora, estamos comiendo trucha.

Valeria soltó una carcajada que espantó a un par de pájaros.

—Tu abuelo era contador, mi amor.

Leo rió también, una risa genuina que le iluminó el rostro.

—Bueno, pero tenía espíritu de aventurero.

Se inclinó y la besó. Ella enredó los dedos en su cabello, devolviendo el beso con una pasión que hablaba de noches de ciudad y mañanas de libertad. La caña se movió ligeramente en la corriente, pero ningún pez mordió el anzuelo.

Ni ese día ni ningún otro.

TERCERA PARTE: LA CAMINATA

Marta caminaba unos metros adelante, la cámara pegada al rostro como un tercer ojo. Disparaba a todo: los hongos que crecían en un tronco podrido, una telaraña aún cubierta de rocío que parecía un collar de perlas, los rayos de sol que se colaban entre las ramas como lanzas de luz.

Sofía la seguía a unos pasos, observando más el entusiasmo de su amiga que el paisaje.

—Vas a llenar la memoria de esa cámara —dijo, con una sonrisa.

Marta no bajó la cámara.

—Es que todo es hermoso —respondió—. Mira esa luz. Es perfecta.

Sofía siguió la dirección de su lente. Un haz de sol atravesaba la espesura e iluminaba un pequeño claro, como si alguien hubiera encendido un reflector celestial.

—Eres una artista, Martica.

Marta bajó la cámara por primera vez. Su sonrisa se desvaneció un instante, reemplazada por una expresión que Sofía no supo interpretar.

—No —dijo—, solo quiero recordar todo esto. Por si acaso.

Sofía frunció el ceño.

— ¿Por si acaso qué?

Marta se encogió de hombros. El gesto quería ser casual, pero sus ojos delataban otra cosa. Una certeza incómoda, un presentimiento que no podía explicar con palabras.

—No sé. La vida pasa rápido.

Sofía la miró un momento más, almacenando la escena en su propia memoria. Luego siguieron caminando.

CUARTA PARTE: EL ÁRBOL

— ¡Martin, mira qué vista! ¡Se ve todo el río!

La voz de Clara llegó desde las alturas. Había trepado un árbol enorme, uno de esos que parecen haber estado allí desde el principio de los tiempos. Se balanceaba en una rama a varios metros del suelo, desafiando la gravedad y el sentido común con la misma alegría con la que hacía todo en la vida.

Martín la miraba desde abajo con el corazón en un puño. Las manos le sudaban. La mandíbula se le tensaba.

—Baja de ahí, mi vida —dijo, con una voz que intentaba sonar tranquila pero que delataba su ansiedad—. Que te puedes caer.

Clara soltó una carcajada que resonó entre las ramas.

— ¡Ay, no seas exagerado! Si yo trepaba árboles desde chiquita.

Siguió subiendo. Martín apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en la carne. No era solo preocupación. No era solo miedo a que cayera. Era otra cosa. Algo más oscuro. Algo que no sabía gestionar.

— ¡Leo! ¡Valeria! —Gritó Clara— ¡Los veo desde aquí! Parecen hormiguitas.

Desde el suelo, Leo le hizo una seña, riendo.

— ¡Bájate, que nos vamos a bañar!

Clara comenzó el descenso. Martín exhaló. El aire le supo a alivio mezclado con algo más. Algo que no quería reconocer.

QUINTA PARTE: EL RÍO

En un recodo apartado del río, donde las rocas formaban una piscina natural, Valeria y Leo flotaban en el agua. No había trajes de baño. No había necesidad. La intimidad del momento lo justificaba todo.

Ella tenía los hombros descubiertos, la piel erizada por el contraste entre el agua fría y el aire caliente. Él la abrazaba por detrás, su barbilla apoyada en el hueco de su hombro.

—Esto es como un sueño —dijo Valeria, cerrando los ojos.

Leo la besó en el cuello.

—Me alegra que estés feliz.

— ¿Tú no lo estás?

Hubo una pausa. Breve, casi imperceptible. Pero existió.

—Claro que sí —respondió Leo—. Claro que sí.

Pero sus ojos, por un instante, se perdieron en la corriente. Miraron el agua que fluía sin detenerse, siempre hacia adelante, siempre hacia algún lugar que no era aquel.

Valeria no lo vio.

A veces, lo que no se ve es lo que más duele.

SEXTA PARTE: LA FLOR

Diego caminaba solo. Se había separado del grupo sin que nadie lo notara, o quizás lo notaron y no dijeron nada. Con él siempre era así. Aparecía y desaparecía como una sombra.

Encontró una flor extraña. Era de un azul intenso, casi irreal, como sacada de otro mundo. Se agachó, la arrancó con cuidado.

— ¿Te perdiste?

La voz de Sofía lo sorprendió. Estaba allí, de pie entre los árboles, con su libro en la mano como siempre.

Diego se incorporó y le mostró la flor.

—Encontré esto. Es para ti.

Ella la tomó, la observó con atención. Sus dedos acariciaron los pétalos suaves.

—Es preciosa —dijo—. ¿Qué es?

—No sé —respondió Diego—. Pero me hizo acordar de ti.

Ella le sonrió. Una sonrisa genuina, de esas que nacen en algún lugar profundo. Se acercó y lo besó.

—Eres un misterio, Diego.

Él la miró fijamente, con esos ojos grises que parecían ver más allá de lo tangible.

—Tú también.

No dijo "te quiero". No dijo "me encantas". Dijo "tú también". Y ella, en su amor, interpretó lo que quiso interpretar.

SÉPTIMA PARTE: DETRÁS DE LAS ROCAS

Detrás de unas rocas, a salvo de miradas indiscretas, Martín y Clara se besaban con la urgencia de quien necesita sentirse vivo. Ella lo abrazaba con fuerza, enredando los dedos en su cabello. Él respondía, sí, pero había algo en sus besos que no terminaba de encajar.

Una urgencia que no era deseo. Una desesperación que no era amor.

—Te quiero, Martin —susurró ella, entre besos.

Martín cerró los ojos.

—Yo también —respondió—. Yo también.

Pero al abrir los ojos, su mirada se desvió. Miró el río, las piedras, el cielo, cualquier cosa menos a ella. Cualquier cosa menos la verdad que empezaba a dolerle en algún lugar del pecho.

Había angustia en sus ojos. Y ella, con los ojos cerrados, no la vio.

OCTAVA PARTE: EL JUEGO DE CARTAS

El sol estaba ya alto cuando regresaron al campamento. Alguien extendió una manta sobre el suelo y aparecieron las cartas. Una baraja española, gastada por el uso, con las esquinas dobladas de tanto barajar.

— ¡Ja! —Exclamó Clara, tirando una carta sobre la manta—. ¡Las tengo!

Martín esbozó una sonrisa forzada.

—Qué suerte tienes, Clara. Siempre tienes suerte.

Ella no captó el tono. Nunca captaba el tono.

—No es suerte, es habilidad, papi.

Martín rió. Una risa nerviosa, demasiado alta, demasiado falsa.

—Sí, habilidad —dijo—. Como en la facultad, ¿no? Ahí también tienes mucha "habilidad".

El silencio cayó como un telón. Las cartas parecieron detenerse en el aire. Las miradas se cruzaron.

Valeria reaccionó primero.

—Bueno —dijo, con una voz demasiado alegre— ¿alguien pidió otra ronda?

Leo se levantó.

—Yo voy. ¿Quién más quiere?

La tensión se disipó como humo. Pero no del todo. Quedó flotando, invisible, como el presagio de una tormenta que aún no termina de formarse.

Sofía observó a Martín con atención. Algo no le cuadraba. Algo en sus ojos, en su sonrisa, en la forma en que miraba a Clara.

—Qué raro —murmuró para sí, tan bajo que nadie pudo oírla.

Nadie excepto ella misma.

NOVENA PARTE: ATARDECER

El sol se estaba poniendo. El cielo ardía en tonos naranjas y rosas, como si alguien hubiera incendiado el horizonte. Los ocho estaban sentados cerca del río, viendo cómo el día moría.

Luna tenía la cabeza apoyada en el hombro de Marta. Sus ojos brillaban con la luz del atardecer.

—Este es el día más lindo de mi vida —dijo, con una voz apenas audible.

Marta sonrió. Pero su sonrisa tenía algo triste.

—Guarda ese sentimiento —respondió.

Luna levantó la cabeza, confundida.

— ¿Para qué?

Marta la miró. Por un instante, pareció que iba a decir algo importante. Algo definitivo. Pero solo se encogió de hombros.

—Para los días difíciles.

Luna no entendió del todo. Pero asintió, porque Marta siempre sabía cosas que ella no.

Volvió a apoyar la cabeza en su hombro. El río seguía su curso. El sol se hundía lentamente.

Ninguna de las dos sabía que los días difíciles estaban más cerca de lo que imaginaban.

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