Mundo ficciónIniciar sesiónPRIMERA PARTE: EL SENDERO
El sol de la tarde se colaba entre los árboles como un visitante discreto, dibujando manchas de luz sobre el sendero de tierra. Marta caminaba despacio, con la cámara colgando del cuello pero sin usarla. Por una vez, no quería mirar a través del lente. Quería sentir el bosque con todos sus sentidos.
Luna saltaba de piedra en piedra a su lado, recolectando todo lo que brillaba. Una hoja mojada, una piedra de cuarzo, un trozo de corteza con reflejos plateados. Su bolsillo ya abultaba como si llevara un tesoro de pirata.
—Mira esta —dijo Luna, deteniéndose para mostrarle una piedra pequeña y translúcida—. Parece un tesoro.
Marta sonrió. La luz de la tarde iluminaba el rostro de Luna con una calidez que dolía de tan hermosa.
—Eres como un duende del bosque —dijo—. Recolectando cosas brillantes.
Luna rió, un sonido limpio que se mezcló con el canto de los pájaros.
—Mi abuela decía que las piedras guardan memoria. Que si las llevas contigo, te protegen.
Marta la observó con atención. Había algo en esa frase que le removía el pecho. Una verdad antigua que resonaba más allá de las palabras.
— ¿Y tú crees en eso?
Luna se tomó su tiempo para responder. Miró la piedra, la hizo girar entre sus dedos, la acercó a la luz.
—No sé —dijo al final—. Pero me gusta pensar que sí. Que algo de este lugar se queda conmigo.
Marta sintió un nudo en la garganta. Quiso decir algo, pero las palabras se le atoraron. En lugar de eso, miró el bosque, los árboles que se alzaban como guardianes silenciosos, el cielo que empezaba a teñirse de naranja.
—Ojalá pudieran proteger de verdad —murmuró.
Luna levantó la vista, confundida.
— ¿Por qué lo dices?
Marta se encogió de hombros. Un gesto que quería ser casual, pero que escondía una inquietud que no sabía explicar.
—No sé. Cosas mías. Vamos, que se hace tarde.
Siguieron caminando. Detrás de ellas, las sombras se alargaban como dedos que intentaban alcanzarlas.
SEGUNDA PARTE: LA CONSPIRACIÓN
Al otro lado del claro, donde la vegetación se volvía más espesa y la voz no viajaba, Leo, Diego y Martín estaban junto a la camioneta. Las puertas traseras estaban abiertas, revelando un desorden de mochilas, cuerdas y herramientas.
A lo lejos, junto al río, las siluetas de Valeria, Clara y Sofía se movían como figuras en un sueño. No podían oírlos. No podían verlos. Eso era lo importante.
Martín sostenía una linterna que no encendía. Sus dedos jugueteaban con el interruptor, encendiéndola y apagándola en un gesto nervioso que delataba su estado.
— ¿Estamos seguros de que esto va a funcionar? —preguntó, con la voz más baja de lo habitual.
Leo revisaba una cuerda, estirándola para probar su resistencia. No levantó la vista.
— ¿De qué parte no estás seguro, Martin?
Martín tragó saliva.
—De todo. De todo.
Diego, apoyado contra la puerta de la camioneta, lo miró entonces. Esa mirada. Esos ojos grises que parecían ver a través de las cosas. Martín sintió que el aire se volvía más pesado.
—No tienes que estar seguro —dijo Diego, con una calma que helaba la sangre—. Solo tienes que hacer lo que hablamos.
Martín desvió la mirada hacia el río. Hacia Clara. Ella estaba ahí, riendo, jugando con el agua, tan viva, tan ajena.
— ¿Y si alguien pregunta? —Insistió— ¿Si alguien se da cuenta?
Leo dejó la cuerda. Lo miró por fin. Sus ojos oscuros tenían un brillo que Martín no supo interpretar.
— ¿Quién se va a dar cuenta? —dijo—. Estamos en el medio de la nada. No hay señal. No hay carretera. No hay nadie.
Diego asintió lentamente.
—Por eso elegimos este lugar.
El silencio se instaló entre ellos. Solo el viento moviendo las hojas, el río corriendo a lo lejos, el latido acelerado del corazón de Martín.
—Ella no sabe nada —susurró Martín, casi para sí mismo—. Clara no sabe nada.
Leo lo miró con una expresión que podría haber sido lástima, o quizás desprecio. Era difícil distinguir.
—Por eso mismo —dijo.
Diego se inclinó y guardó algo en su mochila. Una brújula. Un objeto pequeño, insignificante, pero que de repente pareció cargar con un peso enorme. Cerró la cremallera con un gesto seco.
—Vamos —dijo—. No podemos estar solos mucho tiempo aquí. Van a sospechar.
Cerraron las puertas de la camioneta y comenzaron a caminar de regreso. Martín iba de último, con la cabeza agachada, los hombros tensos como cuerdas de guitarra a punto de romperse.
TERCERA PARTE: LA OBSERVADORA
Sofía estaba sentada en una roca, con el libro abierto sobre las rodillas. Pero no leía. Sus ojos seguían a los chicos mientras cruzaban el claro.
Los vio llegar desde el bosque. Vio cómo Leo se reincorporaba al grupo con una sonrisa fácil. Vio a Diego, impasible como siempre. Vio a Martín.
Martín caminaba como si llevara una carga invisible. Los hombros caídos, la mirada en el suelo, los pasos más lentos que los de los otros. Algo en su postura, en la forma en que evitaba mirar hacia el río, encendió una alarma en la cabeza de Sofía.
— ¿Qué miras?
La voz de Clara la sobresaltó. Estaba ahí, con el pelo aún mojado del río, una sonrisa amplia en el rostro.
Sofía reaccionó rápido. Demasiado rápido, quizás.
—Nada —dijo, cerrando el libro—. El paisaje.
Clara siguió su mirada por un instante, pero no vio nada fuera de lo común. Solo a los chicos volviendo al campamento.
— ¿Vamos al río? —Preguntó Clara, con entusiasmo—. Valeria dijo que encontró un pozo más hondo para tirarse.
Sofía se levantó. Guardó el libro bajo el brazo.
—Vamos.
Pero antes de dar el primer paso, miró una vez más hacia el claro. Hacia donde habían estado los chicos. Hacia donde Martín seguía inmóvil, mirando la tierra.
Qué raro —pensó—. Qué raro.
No supo por qué. No supo qué era exactamente lo que le molestaba. Pero algo, en algún lugar de su instinto, había empezado a moverse. Como un animal que olfatea el peligro antes de que este se manifieste.
CUARTA PARTE: EL ATARDECER
El sol se estaba poniendo cuando las risas del río comenzaron a apagarse. Una a una, las chicas volvieron al campamento, con la piel erizada por el contraste entre el agua fría y el aire cálido de la tarde.
El claro estaba en silencio. Un silencio denso, como de espera.
Leo y Diego estaban cerca de las tiendas, conversando en voz baja. Cuando vieron acercarse a las chicas, sus expresiones cambiaron. La conversación cesó. Diego asintió una vez, un gesto casi imperceptible, y se separaron.
Martín estaba sentado solo junto a la fogata apagada. Miraba las brasas frías como si esperara que las llamas resucitaran por arte de magia.
Luna se acercó y se sentó a su lado. Él no la miró.
— ¿Estás bien, Martín? —preguntó ella, con esa dulzura que le era tan natural.
Martín tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó hueca.
—Sí. Sí, estoy bien.
Luna quiso creerle. Porque Luna creía en todo.
Pero en algún lugar del bosque, un pájaro lanzó un grito agudo. Un presagio. Una advertencia.
Y la noche comenzó a caer.







