Mundo ficciónIniciar sesiónEl sol empezaba a declinar cuando la camioneta se detuvo. El camino de tierra se abrió de repente a un claro bañado por una luz dorada que parecía sacada de una pintura. El sonido del agua corriendo llegó antes que la vista del río, y cuando Luna bajó del vehículo, sintió que el alma se le expandía en el pecho.
— ¡Ay, Dios mío...! —susurró, con los ojos abiertos como platos.
El río serpenteaba entre piedras grandes y redondeadas, con una transparencia que permitía ver cada guijarro del fondo. La vegetación era una explosión de verdes, desde el musgo de las rocas hasta las copas de los árboles que se mecían con la brisa. El cielo, fragmentado por las ramas, ofrecía un espectáculo de naranjas, rosas y azules que se fundían en el horizonte.
Marta ya había sacado su cámara. Disparaba sin pausa, como si temiera que la belleza se fuera a esfumar si no la atrapaba en ese instante.
—Esto no es un camping... —murmuró—. Esto es una pintura.
Clara no esperó a nadie. Se quitó los zapatos rosados y corrió hacia el río, levantando salpicaduras a su paso.
— ¡Voy primera! —gritó—. ¡El que me gane se lanza con ropa!
Metió los pies en el agua y soltó un chillido.
— ¡Está FRÍA! ¡Pero es perfecta!
Martín la observaba desde la orilla. Tenía una sonrisa en los labios, pero sus ojos... sus ojos miraban a Clara como quien mira algo que no termina de creer. Desde el bar, desde aquella noche, algo en él se había roto. O quizás solo se había agrietado, y ahora, viéndola reír con esa libertad, sentía que la grieta se ensanchaba.
Valeria se colgó del brazo de Leo. Él estaba distraído, mirando a Diego, que asintió imperceptiblemente. Nadie más lo notó. Nadie más podía notarlo.
—Elegiste bien, mi amor —dijo Valeria, buscando sus ojos—. Esto es exactamente lo que necesitábamos.
Leo bajó la mirada hacia ella. Le dio un beso en la frente. Pero por dentro, su mente ya estaba en otro lado. En el plan. En lo que vendría después.
—Me alegra que te guste —respondió, y era cierto. Le alegraba que ella estuviera feliz. Pero no era suficiente.
Sofía se sentó en una roca grande, cerca de la orilla. Sacó su libro, pero no lo abrió. Cerró los ojos y respiró hondo, dejando que el aire limpio llenara sus pulmones.
—Aire que no huele a fotocopia —susurró para sí misma.
Diego apareció a su lado. Se sentó sin hacer ruido, como una sombra que se materializa. Ella no se sobresaltó; ya estaba acostumbrada a su forma de moverse, a esa presencia silenciosa que a veces resultaba incómoda, pero que ella había aprendido a querer.
— ¿Vale la pena el viaje? —preguntó él, con una voz que intentaba sonar tierna.
Sofía abrió los ojos y lo miró. Su rostro, siempre tan serio, siempre tan lejano, en ese momento parecía más humano. O eso quería creer ella.
—Más de lo que imaginé —respondió, sincera.
Diego le pasó un brazo por los hombros. Ella se recostó contra él. Por un instante, todo fue perfecto. Pero si Sofía hubiera podido ver el rostro de Diego en ese momento, habría notado que no reflejaba amor. Reflejaba posesión.
Luna, mientras tanto, forcejeaba con su mochila. Había intentado bajarla sola, pero el peso la desequilibró y cayó de espaldas, con la mochila encima, pataleando como una tortuga volteada.
Marta se acercó corriendo, entre risas.
— ¿Metiste una nevera ahí o qué?
— ¡Es que no sabía qué llevar! —se defendió Luna, sonrojada—. Metí de todo... literalmente.
Entre las dos lograron poner la mochila en pie. Luna se sacudió la tierra de la ropa y miró a su alrededor. Todo era tan hermoso que dolía.
Leo subió los vidrios de la camioneta. Guardó las llaves en el bolsillo con un gesto que a nadie le pareció extraño. Un gesto simple, casi imperceptible. Pero la cámara de Marta, que siempre estaba atenta, capturó el momento sin que ella lo supiera. Las llaves, en el bolsillo de Leo. Como quien esconde algo.
— ¡Bueno, muchachos! —Gritó Leo, reuniendo la atención del grupo—. Bienvenidos a su casa por los próximos cinco días. Regla número uno: nadie se preocupa por nada. Regla número dos: disfrutar.
Clara alzó la mano desde el río.
— ¿Y regla número tres?
Leo sonrió. Una sonrisa amplia, perfecta, que no dejaba adivinar nada.
—La número tres es que no hay reglas.
El grupo estalló en risas. Comenzaron a bajar las mochilas, las tiendas de campaña, los bolsos con comida. La música volvió a sonar, mezclándose con el rumor del río y los cantos de los pájaros.
La noche cayó como un telón suave, sin prisa. Las tiendas quedaron armadas en semicírculo alrededor de un espacio donde pronto crepitó una fogata. Las llamas bailaban, proyectando sombras danzantes sobre los árboles y las lonas.
Los ocho estaban sentados alrededor del fuego. Sobre una lona extendida en el suelo, había latas de cerveza, una botella de ron, un paquete de galletas y un envase de plástico con tequeños que ya empezaban a enfriarse.
Luna se había envuelto en una manta escocesa a pesar de que la noche no era fría. Tenía una lata en la mano, pero apenas había bebido. Prefería mirar las estrellas, que allá arriba brillaban con una intensidad que en Caracas era imposible de imaginar.
Marta estaba sentada en un tronco, con la cámara en el regazo. De vez en cuando la levantaba, disparaba al cielo, y volvía a dejarla. Buscaba la foto perfecta, la que capturara esa noche para siempre.
Clara y Martín estaban muy juntos. Ella recostada en su hombro, él rodeándola con un brazo. Pero la mirada de Martín no estaba en ella. Estaba en el fuego, perdida, y de vez en cuando se desviaba hacia Leo, que estaba al otro lado de la fogata con Valeria.
Valeria estaba sentada entre las piernas de Leo, recostada contra su pecho. Él jugaba distraídamente con su pelo, pero sus ojos también buscaban a Diego de vez en cuando. Un intercambio fugaz. Casi imperceptible.
Sofía estaba algo apartada, sobre una roca plana. Diego estaba de pie detrás de ella, de espaldas a la fogata, convertido en una silueta negra contra el resplandor anaranjado.
—Bueno, vale, confiesen —dijo Clara, rompiendo el silencio—. ¿Quién trajo los tequeños? Porque están fríos, pero igual me los como todos.
Marta señaló a Luna con un movimiento de cabeza.
—Fue el bebé. Dijo que su mamá se los preparó.
Luna se sonrojó.
— ¡Es que mi mamá dice que nunca está de más llevar comida de verdad! No solo cerveza y galletas.
Las risas se expandieron, cálidas, auténticas.
—Tu mamá es una sabia —dijo Valeria—. Pero bueno, al menos el ron sí está bueno. —Miró hacia arriba, buscando los ojos de Leo—. ¿Verdad, mi amor?
Leo bajó la mirada y le dio un beso en los labios.
—Verdad.
Pero sus ojos, por un instante, se encontraron con los de Diego. Un intercambio fugaz. Un recordatorio.
Sofía levantó la vista al cielo.
—Nunca había visto tantas estrellas —dijo, con voz de asombro—. En Caracas, con tanta contaminación lumínica, apenas se ven cuatro.
Desde atrás, la voz de Diego llegó como un susurro.
—Por eso hay que salir de la ciudad. Para recordar que el mundo es más grande que una autopista.
Sofía giró ligeramente la cabeza, sonrió.
—Eso sonó a poema.
—No. Sonó a verdad.
Un silencio breve. Solo el fuego y el río.
Clara volvió a romperlo.
— ¡Ay, vale! ¿Y si hacemos una ronda de historias de miedo? Tipo, lo más tenebroso que les haya pasado.
Martín se tensó.
— ¿Aquí? ¿En la noche? ¿En el medio del monte?
Clara se burló.
— ¡Ay, Martin, no me digas que te da miedo!
— ¡No me da miedo! —se defendió él—. Pero es que... bueno, uno nunca sabe.
Leo intervino. Su voz tenía un tono diferente. Más grave. Más serio.
—Martín tiene razón. Uno nunca sabe lo que puede pasar en un lugar como este.
Sus palabras cayeron como una piedra en un estanque. Las ondas se expandieron en forma de silencio.
Valeria le dio un golpecito juguetón en el pecho.
— ¡Ay, no te pongas intenso! Esto es un paseo, no una película de terror.
Leo rió. Pero su risa no llegó a los ojos.
Luna, con su vocecita pequeña, preguntó:
—Yo sí tengo miedo... de las arañas. ¿Habrán muchas arañas?
La tensión se rompió en carcajadas.
—Tranquila, Luna —dijo Marta—. Las arañas están más asustadas de nosotras que nosotras de ellas.
—Eso dice mi mamá también —asintió Luna, pensativa.
Clara bostezó ruidosamente.
—Bueno, yo ya estoy lista para la tienda. Martín, ¿vienes o te quedas de centinela?
Martín se levantó demasiado rápido.
—No, no, yo voy. Vamos.
Clara se estiró, dio las buenas noches y se metió en su tienda. Martín la siguió. La tienda se cerró tras ellos.
Valeria también se levantó.
—Yo también voy entrando. Leo, ¿vienes?
—En un rato —respondió él, sin mirarla—. Espérame, voy en cinco.
Ella asintió, le dio un beso y desapareció en su tienda.
Quedaron fuera Leo, Diego, Sofía, Marta y Luna.
Sofía seguía en su roca. Diego detrás, inmóvil.
— ¿Ustedes no se van a dormir? —preguntó Sofía a Marta y Luna.
—En un rato —dijo Marta—. Quiero ver si puedo fotografiar las estrellas.
—Yo me quedo un ratito más —dijo Luna, bostezando.
Marta ajustó su cámara. Luna miró el fuego, hipnotizada.
Leo se acercó a Diego. Por primera vez en la noche, estaban solos junto a la fogata. Diego seguía sin moverse. Leo se paró a su lado.
—Todo está saliendo bien —susurró Leo.
—Es temprano todavía —respondió Diego, sin mirarlo.
—Pero va a salir bien.
—Tiene que salir bien.
Sus miradas se encontraron. El fuego se reflejaba en sus ojos, pero no había calidez en ese reflejo.
—Mañana —dijo Leo—. Empezamos mañana.
—Sí.
Leo se alejó, entró en su tienda.
Diego se quedó solo un momento. Luego caminó hacia Sofía y se sentó a su lado. Puso una mano sobre su pierna. Un gesto que podría ser tierno, pero que la cámara, si estuviera mirando, capturaría como ligeramente... posesivo.
Sofía, ajena, siguió mirando las estrellas.
—Gracias por traernos aquí —dijo.
—Gracias a ti por venir —respondió Diego, mirándola fijamente.
Ella le sonrió. Él no.
La noche los envolvió a todos. Marta seguía disparando al cielo. Luna empezaba a dormitar. Las tiendas permanecían en silencio.
Todo parecía en paz.
Pero la tienda de Clara y Martín estaba en silencio. Y dentro, Martín no dormía. Tenía los ojos abiertos, mirando el techo de lona, escuchando la respiración acompasada de Clara.
Y en su cabeza, una sola palabra resonaba una y otra vez.
Alejandro.







