Al entrar en el comedor, Celina sonrió al ver la mesa preparada con esmero.
— Vaya… ¡qué aroma tan delicioso! —exclamó, aspirando profundamente y bromeando—. ¿Acaso vamos a recibir a un batallón de invitados para almorzar?
Doña Lucía servía las fuentes con manos expertas, orgullosa de lo que había preparado. El perfume del condimento fresco llenaba el aire, y a Celina le bastaba respirar para sonreír.
— Creo que me pasé, ¿no? —dijo la mujer, con un paño de cocina al hombro y un brillo en los oj