Zoe murmuró:
—Sí… pero gracias. Por todo. Y tranquila, le prometo que no dejaré de hablar con usted.
Las dos se abrazaron por última vez. Zoe se despidió de Otto con un gesto contenido, tomó su celular y pidió un Uber. Salió sin mirar atrás.
En el asiento trasero del coche, no pudo contener el llanto. Las lágrimas caían silenciosas, pesadas, como si arrastraran el peso de todas las verdades que fingió no ver. El conductor, un hombre de cabello gris y mirada serena, la observó discretamente por