Thor besaba su cuello, la clavícula, los pechos generosos, murmurando palabras ardientes al oído.
—Eres mía, Celina. Solo mía. Y hoy voy a hacerte olvidar el mundo.
—Thor… —gimió ella, completamente entregada.
Él la hacía sentirse poderosa, deseada, única. La tocaba con reverencia, pero también con hambre. Ella lo atraía, gemía su nombre, mordía sus labios. Allí estaban cuerpo, alma, sudor y promesas.
—Eres mi hogar, Celina. Siempre lo fuiste. Desde el primer beso. Desde aquel hotel. No sobrevi