Gabriel salió del cuarto de Celina para hablar con Ava y, al colgar, el tono seco y conclusivo de su novia seguía reverberando en sus oídos. Sabía que no había celos de por medio —Ava no era ese tipo de mujer—, pero también conocía su personalidad rígida, casi cartesiana, que no admitía fallos, sobre todo cuando se trataba de compromisos previamente pactados.
Mientras caminaba por el pasillo hacia la terraza para respirar un poco de aire fresco antes de volver al cuarto, redactó un mensaje:
“Es