Era el final de la tarde cuando Thor entró en el ascensor de su ático. El día había sido agotador pero, como siempre, lo único que deseaba era llegar a casa y ver a Celina. Cuando las puertas se abrieron, doña Cortez, siempre atenta, salía de la cocina y le sonrió al verlo.
—¿Todo bien, hijo? —preguntó con cariño.
—Todo sí, señora Cortez —respondió Thor, depositando un beso ligero en la coronilla de ella—. ¿Y Celina? ¿Cómo pasó el día?
—Llegó, almorzó y desde entonces está encerrada en el despa