La madrugada había cubierto São Paulo con un manto oscuro y frío. El lugar aún vibraba con la energía del evento, pero para Thor todo parecía distante. Caminaba hacia donde Arthur lo esperaba, su semblante cargado de pensamientos. La atmósfera era sofocante y el peso de las emociones recientes le apretaba el pecho como una roca. Al acercarse, lo encontró apoyado en una columna, con los ojos atentos y los brazos cruzados.
—Me voy, Arthur —dijo Thor con voz firme, aunque apagada por la frustració