Las lágrimas de Celina caían suavemente, pero su mirada ya era otra. Había algo naciendo allí. Un nuevo brillo, una chispa, un esbozo de fuerza.
Gabriel entonces se levantó, tomó un vaso de agua y volvió a sentarse a su lado.
—¿Y sabes otra cosa? Tú también eres como una ostra. ¿Sabes por qué?
Celina, aún emocionada, dejó escapar una pequeña sonrisa ante la comparación inesperada. Gabriel le devolvió la sonrisa, cómplice.
—Porque la ostra es un ser delicado. Vive en el fondo del mar, pro