Las lágrimas de Celina caían suavemente, pero su mirada ya era otra. Había algo naciendo allí. Un nuevo brillo, una chispa, un esbozo de fuerza.
Gabriel entonces se levantó, tomó un vaso de agua y volvió a sentarse a su lado.
—¿Y sabes otra cosa? Tú también eres como una ostra. ¿Sabes por qué?
Celina, aún emocionada, dejó escapar una pequeña sonrisa ante la comparación inesperada. Gabriel le devolvió la sonrisa, cómplice.
—Porque la ostra es un ser delicado. Vive en el fondo del mar, protegida por una concha. Pero a veces, un granito de arena entra en ella. Un cuerpo extraño. Un dolor. Una molestia. Algo que hiere. ¿Y qué hace la ostra?
Se inclinó un poco más, mirándola directo a los ojos.
—No lo expulsa. No intenta deshacerse de él. Lo acoge. Envuelve ese granito con capas y capas de nácar, hasta que se convierte en una de las cosas más preciosas del mundo: una perla.
Gabriel tocó el pecho de ella con la punta del dedo, con delicadeza.
—Tú fuiste herida. Un granito de