Isabela permaneció en silencio, con la mirada clavada en el suelo.
—Necesitas controlarte —continuó Angélica, ahora con voz más suave—. Tus actitudes están echando todo a perder. Thor está enfermo, debilitado, y tú transformaste la casa en un campo de batalla. No pensaste en él. Ni en el bebé. Ni en ti misma. Eso no es amor, Isabela, es descontrol.
—¡Yo solo quiero proteger mi relación! —replicó ella, con la voz temblorosa.
—Entonces escucha lo que te digo con el corazón abierto —Angélica se acercó un poco más—. Busca ayuda. Haz terapia. Eso te va a ayudar a entender lo que sientes, a cuidar mejor del bebé, de ti misma. Y también te ayudará con Thor. Todos esos celos… solo van a alejarlo de ti. Piensa con calma en lo que te estoy diciendo. Tú sabes que te quiero, que te considero como una hija.
Isabela forzó una sonrisa, con una falsedad casi ensayada.
—Gracias, suegra… Lo voy a pensar, sí. La quiero mucho. Usted es como una madre para mí.
—Me alegra escuchar eso —dijo Angélica, ponié