Thor se revolvía de un lado a otro, visiblemente agitado. Su rostro contraído denunciaba la angustia de un sueño profundo y atormentado.
—¡Papá! —lo llamaban unas voces infantiles, con las manitos extendidas—. Tienes que salir de ahí… Si no, no vas a vernos crecer. No podremos jugar contigo… ¡Sal de ahí, papá! ¡Te amamos!
Thor intentaba responder, intentaba moverse, estiraba los brazos, pero no lograba salir. No tenía fuerzas. La arena lo arrastraba hacia abajo.
De repente, una sombra oscura ap