Thor se revolvía de un lado a otro, visiblemente agitado. Su rostro contraído denunciaba la angustia de un sueño profundo y atormentado.
—¡Papá! —lo llamaban unas voces infantiles, con las manitos extendidas—. Tienes que salir de ahí… Si no, no vas a vernos crecer. No podremos jugar contigo… ¡Sal de ahí, papá! ¡Te amamos!
Thor intentaba responder, intentaba moverse, estiraba los brazos, pero no lograba salir. No tenía fuerzas. La arena lo arrastraba hacia abajo.
De repente, una sombra oscura apareció detrás de los niños. Un hombre alto, sombrío. Thor no podía distinguir su rostro, pero lo vio comenzar a arrastrar a los pequeños lejos de él. Los niños gritaban desesperados:
—¡Papá! ¡Papá! ¡Nooo!
Thor levantó las manos, desesperado, queriendo tocarlos, sostenerlos.
—¡NOOO!
El grito estalló en el cuarto cuando despertó, con el pecho agitándose y la camisa empapada de sudor.
Isabela, que aún estaba en la sala, corrió de inmediato hacia la habitación. Sin golpear, abrió la puerta de golpe