Sin esperar respuesta, Celina se dirigió a la cocina. Doña Sara estaba terminando de lavar la loza.
—Doña Sara… gracias por todo. Me voy ahora. Pero, por favor, mándeme noticias de él.
Tomó un cuaderno y una pluma que estaban sobre la isla de la cocina y anotó su número de celular.
—Por todo lo que sea más sagrado para usted, manténgame informada. Y dígale a él… dígale que estuve aquí. Que fui yo quien lo cuidó.
Doña Sara se acercó, conmovida, y abrazó a Celina con fuerza.
—Así será, hija mía. Lo cuidaste con tanto cariño… Nunca lo voy a olvidar. Vete en paz, yo te iré dando noticias.
—Cuando despierte, dele la sopita… Pero no diga que fui yo quien la preparó.
Celina regresó al cuarto en silencio. Isabela no estaba a la vista. Thor dormía profundamente, el rostro más sereno. Celina se inclinó, acarició su cara.
—No tienes idea de cuánto te amo… —susurró junto a su oído, con la voz quebrada—. Lucha, por favor. Ponte bien. Por mí… por nosotros.
Le besó el rostro con ternura, tomó su bol