Sin esperar respuesta, Celina se dirigió a la cocina. Doña Sara estaba terminando de lavar la loza.
—Doña Sara… gracias por todo. Me voy ahora. Pero, por favor, mándeme noticias de él.
Tomó un cuaderno y una pluma que estaban sobre la isla de la cocina y anotó su número de celular.
—Por todo lo que sea más sagrado para usted, manténgame informada. Y dígale a él… dígale que estuve aquí. Que fui yo quien lo cuidó.
Doña Sara se acercó, conmovida, y abrazó a Celina con fuerza.
—Así será, hija mía.