Era Thor. Aún febril, con los ojos semicerrados, la sujetaba.
Ella se giró de inmediato, se sentó a su lado y llevó la mano a su rostro con ternura.
—Estamos aquí, mi vida. Tranquilo... yo estoy cuidando de ti...
Él no respondió. Apenas dejó caer la cabeza suavemente sobre la almohada y volvió a dormirse.
Celina respiró hondo, con los ojos anegados. Pasaría toda la madrugada allí, a su lado. Y si fuera necesario, pasaría toda la vida. Cuidando. Amando. Luchando.
Porque aquel hombre, incluso en delirio, en fiebre, en debilidad... era el amor de su vida. Y jamás lo dejaría solo en ese estado.
La madrugada avanzaba, y Celina permanecía junto a Thor, cambiando las compresas frías, susurrándole palabras de amor y esperanza. La fiebre persistía, pero ella no se rendía. Cada gesto estaba impregnado de ternura y determinación.
En un momento de agotamiento, se recostó en la poltrona junto a la cama, contemplando el rostro sudoroso de Thor. Los recuerdos de los momentos felices que habían compa