Cuando salió de la ducha, tomó una toalla y la enrolló en la cintura. Luego se detuvo frente al lavabo de mármol, tomó la espuma de afeitar, la extendió sobre el rostro y comenzó a afeitarse con movimientos lentos, casi rituales. Cada pasada de la cuchilla sobre su piel parecía cortar también los lazos que aún lo ataban a una historia que ya no tenía sentido.
Cuando terminó, enjuagó el rostro, se secó con la toalla blanca al costado y volvió a mirarse en el espejo. El hombre reflejado allí ya n