Zoe caminaba a prisa por el pasillo de la empresa, con una ligera sonrisa en los labios y el celular ya en la mano. Era su hora de almuerzo y, como de costumbre, necesitaba compartir con Celina lo que le venía quemando el pecho desde el día anterior. No podía esperar ni un minuto más. Presionó el botón de llamada y llevó el teléfono al oído.
—¿Zoe, otra vez? —atendió Celina, riendo—. ¿Estás ocupada?
—¡Eso te pregunto yo, mujer! —replicó Zoe en tono animado—. ¿Estás ocupada? ¿Puedes hablar?
—No,