Celina desvió la mirada y respondió sin titubear:
—No. Y nunca lo sabrá. Mis hijos merecen un padre mejor. Él va a casarse con Isabela, y mis hijos terminarían siendo dejados de lado. No quiero eso para ellos.
—¿Estás segura de eso? —insistió Gabriel, preocupado.
—Sin la menor duda. No quiero que mis hijos sufran en manos de una madrastra desequilibrada. Así que sí, estoy absolutamente segura de mi decisión.
Gabriel miró el reloj y suspiró.
—No voy a poder quedarme más tiempo, por desgracia. Ma