Dos días.
Dos días interminables habían pasado desde la noche en que el mundo se rompió para los San Marco.
La clínica permanecía en un silencio casi reverencial, roto solo por el pitido constante de los monitores y el murmullo lejano de pasos en los pasillos. La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por una lámpara tenue junto a la cama.
Agatha yacía inmóvil, pálida, conectada a cables y sueros.
Había perdido demasiada sangre.
La operación había sido urgente, desesperada. Los médicos