Dos días.
Dos días interminables habían pasado desde la noche en que el mundo se rompió para los San Marco.
La clínica permanecía en un silencio casi reverencial, roto solo por el pitido constante de los monitores y el murmullo lejano de pasos en los pasillos. La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por una lámpara tenue junto a la cama.
Agatha yacía inmóvil, pálida, conectada a cables y sueros.
Había perdido demasiada sangre.
La operación había sido urgente, desesperada. Los médicos hablaron de hemorragia interna, de una anemia grave que obligaba a su cuerpo a luchar incluso dormido. Luz había pasado por lo mismo. Ambas seguían inconscientes, mientras sus cuerpos intentaban recuperarse del infierno.
Leandro no se había movido.
Ni una sola vez.
Durante dos días completos permaneció sentado junto a la cama, sosteniendo la mano de Agatha entre las suyas, como si soltarla significara perderla. No durmió. No comió. Apenas bebió agua.
Tenía la espalda encorvada, la mirada fija e