Cristian no había soltado la mano de Luz en horas.
Estaba sentado junto a la cama, inclinado hacia adelante, con los dedos entrelazados a los de ella, como si su contacto fuera lo único que la mantenía en este lado del mundo. Sus ojos no se apartaban de su rostro ni un segundo, acariciándola con suavidad, peinando su cabello.
—¿Cómo sigue? —preguntó Arthur en voz baja al entrar en la habitación.
Cristian alzó la mirada. Tenía los ojos enrojecidos, cansados, rotos.
—Igual… —respondió—. No despierta. Mi muñequita no despierta, hermano.
Apretó un poco más su mano.
—¿Y si me deja? —susurró— ¿Y si se va? ¿Qué hago sin ella?
Arthur dejó su chaqueta sobre una silla y se acercó a la cama.
—Vengo de alimentar a Zeus —dijo—. Se nota que está triste. Espero que Luz despierte pronto.
Cristian asintió lentamente.
—Yo también, hermano… —murmuró— No sé qué haré sin ella. Se convirtió en la razón de mi vida, la razón para regresar a casa cada día, no puedo estar sin ella.
Arthur lo observó unos segun