La cafetera había dejado de sonar hacía horas. El aroma a café se había mezclado con el murmullo de voces bajas, confidencias y alguna que otra carcajada. Luz, con los ojos rojos de tanto llorar, terminó contando cosas que jamás había dicho en voz alta.
Cristian, sentado en el sofá con una pierna sobre el respaldo y una sonrisa traviesa en los labios, escuchaba, preguntaba, hacía bromas para suavizar los silencios.
— ¿Sabes por qué Julian quería entrar en la organización de Lissandro?
Luz negó.