El sol caía lento sobre el horizonte, tiñendo el cielo de tonos naranjas y púrpuras. El mar parecía un espejo que reflejaba fuego y calma al mismo tiempo. Anna estaba sobre la arena húmeda, recostada sobre una manta ligera que Lissandro había extendido.
Él la miraba como si el mundo hubiera desaparecido, con el torso desnudo y el cabello húmedo pegado a la frente. Anna rió, sonrojada bajo esa mirada tan intensa.
—¿Qué miras? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.
—A la mujer que amo. A mi e