Salieron del orfanato tomados de la mano, con la luz del mediodía abriéndose paso entre las nubes. Lissandro caminaba con el ceño fruncido, la mandíbula apretada; sus pasos eran medidos, casi ceremoniales. Anna notó la tensión y apretó su mano hasta obligarlo a mirarla.
—Amor, ¿qué te pasa? —preguntó con voz dulce.
Él no contestó al instante; sus ojos todavía buscaban en la distancia la figura del doctor, el modo en que lo había mirado. Finalmente, se volvió hacia ella, la expresión se volvió m