La puerta del hotel se abrió de golpe. Dos hombres empujaron a Luz por el pasillo con la rudeza de quien transporta un bulto incómodo; ella trastabilló, las uñas se le clavaron en la tela del vestido, y en un movimiento torpe perdió el equilibrio. No tuvo tiempo siquiera de enderezarse: cayó directo en los brazos de Leandro, como si fuera una marioneta a la que alguien hubiera soltado el hilo.
El contacto fue frío y eléctrico al mismo tiempo. Leandro la sostuvo con una mano firme en la cintura,