El salón principal de la gala San Marco relucía bajo una cúpula de luces doradas.
Los violines tejían una melodía suave entre el murmullo de las conversaciones y el tintinear de copas de cristal.
A un costado, discretamente apartado del resto, un hombre observaba desde las sombras del balcón superior.
Tenía un vaso de whisky en la mano, la mirada fría y calculadora.
El hijo de Vittorio Ferrer.
Sus ojos seguían cada movimiento de los San Marco con precisión quirúrgica.
El gesto altivo de Leandro