El amanecer había dejado paso a un día radiante.
Lissandro estaba en la habitación, frente al espejo, ajustándose el cuello de su camisa bajo un traje negro con solapas color burdeos. El reloj brillaba en su muñeca mientras terminaba de abotonar las mangas.
Al girar, se quedó inmóvil, su aire abandonó sus pulmones y su corazón empezó a latir tan fuerte que lo sentía en su garganta.
Anna estaba de pie frente al tocador, con el cabello recogido en un moño alto y unos mechones sueltos que acaricia